un prólogo visual:
y una explicación:
El mundo es extenso y aparentemente ilimitado. Para un espectador ajeno todos sus puntos serían, en principio, equivalentes. Sin embargo, el habitante actúa desde un eje cuyo centro es el individuo, único y privilegiado, para el que los demás son un complemento. El yo-aquí-ahora enfrentado a los-otros. La esfera de lo íntimo frente a la de lo comunitario.
El ser humano se debate entre ambas. Quiere vivir en sociedad y también fuera de ella. Ser un individuo separado del mundo pero en él. Para ello se dota de sucesivos caparazones, más o menos cercanos a él, que preservan su identidad: la piel del propio cuerpo, el gesto inmediato, la habitación, la casa, el barrio, la ciudad,…
La habitación es la esfera de lo cercano visible, el espacio de intimidad que es una unidad de dominación visual del espacio. A la vez es un ámbito codificado, que es familiar para todos y en el que todos podemos leer ciertas reglas de apropiación espacial.
La propuesta es operar con este caparazón, límite entre dos espacios semánticos que diferencia lo interior y lo exterior, lo íntimo de lo comunitario, lo privado y lo público, lo seguro de lo incierto. Para ello se emplea una lámina sin espesor que traza un caparazón intermediario entre dos espacios de diferente densidad, que la definen. Además, se quiere hacer desde dos estrategias radicalmente diferentes, tratando de establecer una relación dialéctica entre ambas.
a) Rellenado. Se inflará una burbuja de polietileno de 8 m. de diámetro y 0,5 mm. de grosor en el interior de la habitación hasta que ésta se apodere completamente de él, sustituyéndole y haciéndole proliferar. Un nuevo caparazón sin forma propia que se adhiere como una nueva capa al espacio de lo doméstico -allí donde el edificio pierde su anonimato y adopta un papel protagonista-. El yo-aquí-ahora toma el mando y se desarrolla más allá de los contornos previos, extendiéndose por sus orificios.
b) Vaciado. Se inflará una burbuja de polipropileno de 8 m. de diámetro y 0,3 mm. de grosor en el interior de la habitación hasta desocupar completamente el espacio de ella. El resultado del vaciado es la antihabitación, vuelta como un calcetín, que sólo habla de sí misma. Es una declaración en negativo que destierra todo aquello que, referido a la habitación, recuerde la idea de un sitio donde estar cómodo y seguro, al residuo y al santuario. Es un vaciado de la vida, como una máscara mortuoria.
Se trata de la experiencia del progresivo desvanecimiento del espacio vital, de la claustrofóbica experiencia de ser enterrado vivo. Este proceso de disolución del yo-aquí-ahora, de olvidarse de uno mismo que es esencial al zen, es sin embargo un terror recurrente en el imaginario occidental. Es como en la subterránea habitación 101 de 1984, donde ser sepultado en vida era el peor de los horrores que el interrogador podía infligir.

La obvia violencia del procedimiento empleado queda acentuada por ser ejercida en un entorno ordinario y banal. Construir un contraentorno recapitula -como si fuera el revés o el negativo- la estructura del modelo original, trasladando la atención de lo ordinario a lo excepcional. Se trata de recordar los asuntos de la vida más amplios, más profundos o más sencillos que los que se incluyen en la rutina diaria; asuntos que se daban por supuestos, en este caso el ideal de la habitación no como edificio, sino como espacio de apropiación individual y colectiva.

